Mostrando entradas con la etiqueta Tapia de Casariego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tapia de Casariego. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de febrero de 2018

VAMOS A UN CURSILLO

Si algo me ha caracterizado desde que empecé a trabajar (a antes, incluso) es la de estar actualizándome continuamente sobre todo a nivel didáctico. Ni que decir tiene que mi profesión necesita de esa actualización porque la forma de enseñar y las estrategias y métodos que empleamos los profesores para ello no pueden ser las mismas desde que uno o una se enfrenta a un grupo de alumnos por primera vez hasta el último de sus días de clase. 

Este curso 2017/18 es el número 27 de los que trabajo. Se dice pronto. Cuando allá con 21 años me fui a Ciñera de Gordón en mi primera salida del nido familiar completamente independiente y me pusieron delante de varios grupos de alumnos, en alguno de los cuales había muchachos y muchachas a las que solo sacaba 7 años de diferencia, han pasado muchas cosas. Y por supuesto, podría considerarme entonces un inexperto total, pero con un entusiasmo inmenso. 25 chicos y chicas de 8º de EGB que se quedaron un tanto atónitos por la persona que tenían delante cuando el primer día de clase acerca la silla a la mesa del profesor, se sube a ella y de ahí a la mesa para descolgar el crucifijo que estaba encima del cuadro de los por entonces Reyes de España Juan Carlos I y Sofía de Grecia. Ahí ya demostraba mi rebeldía contra determinados corsés del sistema y el no ser un profesor convencional.

Pero como decía, una de las facetas de esta maravillosa profesión es la necesidad de actualizarse. Las administraciones educativas establecieron por aquel entonces una estructuras de formación del profesorado por las que todos debíamos pasar cada x tiempo no solo para recibir esos nuevos aires pedagógicos sino también para poder ir cobrando más con el paso de los años al haberse aprobado recientemente un nuevo complemento económico vinculado con las horas de formación recibidas. Además, legalmente el horario de trabajo de un maestro se establece en 37'5 horas de trabajo semanales, de las cuales 25 son directamente con alumnado, 5 en el centro educativo para funciones de coordinación, reuniones académicas, tutoría de padres, etc., y las 7 y media horas restantes para trabajo personal y formación. Así que allí en aquellas montañas de la Cordillera Cantábrica a 40 km de la ciudad más grande, León, era obligado acercarse a la capital para asistir a las diferentes actividades que nos proponían en todas las materias y con todas las didácticas y experiencias innovadoras que surgían.

La oferta era inmensa: jornadas, cursillos, seminarios, grupos de trabajo... Yo me centraba sobre todo en la especialidad por la que había accedido a la profesión, Educación Musical, y además irte por la tarde a León constituía una válvula de escape de aquel pueblecito en el que, si no recuerdo mal, había un economato vinculado a la mina que daba trabajo prácticamente a todo el pueblo, alguna pequeña agencia de seguros y 13 bares. Todo hay que decirlo, fue un año maravilloso, tal vez el mejor de mi carrera profesional por el mundo que se abría ante mí, por el cambio de vida que experimenté, por los compañeros que me acogieron en aquel "San Miguel Arcángel", por la gente que conocí y con la que aún tengo cierto contacto y porque, en fin, empezaba realmente mi vida adulta en todos los sentidos.

No me quiero ir por las ramas que me invade la nostalgia. La formación continuó en los años sucesivos, en Ponferrada, en Tapia de Casariego (donde nos juntábamos varios profesores de Música de Primaria del Occidente de Asturias para preparar materiales que aplicar al aula, tanto de danza como de audición o de expresión instrumental) y mi currículo se fue llenando de actividades muy variopintas, con ponentes muy buenos y con otros pésimos. Hice también formación en instituciones privadas, destacando unos cursillos que se hacían en Vigo en Semana Santa con el profesor de la Universidad de Lovaina Joss Wuytack, discípulo de Carl Orff y creador de un método de pedagogía musical fundamental para todo aquel que quiera impartir docencia de esta área en Primaria.

A medida que iban pasando los años comencé a ser muy crítico y selectivo con la formación que recibía. En una ocasión, en Asturias, llegué a levantarme de unas jornadas en la Universidad de Oviedo y salir del aula después de manifestar al ponente que teníamos en aquel momento que era una tomadura de pelo hacer juntar a cientos de profesores asturianos un sábado para mostrarles unas diapositivas de cómo los toxicómanos acceden a las drogas y de cómo las usan, enseñándonos incluso la manera de hacer un porro (literal). Teniendo en cuenta que esa mañana los profesores que habíamos ido desde Tapia nos habíamos levantado a las 7 y media de la mañana para llegar en hora al inicio del curso a Oviedo, pues mi cabreo era monumental.

Ese sentido crítico continúa y 27 años después te ves metido en varias actividades de formación que te certifican con 20, 30 o 50 horas y realmente aprovechas el 20%. Algunas, de obligado cumplimiento por parte de la Consellería de Educación, han sido completamente tediosas o apartadas de la realidad de las aulas; otras más aprovechables porque el grupo de profesores que asistimos pedimos menos teorizar y más práctica. He hecho de todo: desde formarme a nivel de las tecnologías de la información y de la comunicación cuando empezó la revolución informática en las aulas, cursillos de música, jornadas de bibliotecas escolares, seminarios de programación e innovación didácticas, experiencias para implantar metodologías que desarrollen los talentos, etcétera, etcétera.

Incluso durante dos años estuve trabajando como asesor de formación del profesorado después de haber superado el proceso de selección que cada año convoca la Consellería de Educación, teniendo bajo mi control y el de dos compañeros más la zona educativa de Vilagarcía de Arousa, en un local en el que no tuvimos teléfono hasta el mes de abril, año del que recuerdo ir con tarjetas telefónicas a llamar a cabinas públicas para ponerme en contacto con los centros educativos. Básicamente, tercermundista.

Pero todo fueron experiencias de las que saqué algo en limpio. Mucho en "sucio", también es verdad, pero cosas importantes en limpio. Lo mejor que he sacado ha sido conocer a otros compañeros y compañeras que hacen actividades realmente motivadoras e innovadoras en sus aulas. Aprender, por ejemplo, las estrategias del enfoque constructivista para el aprendizaje de la lectoescritura o aplicar en el área de Plástica únicamente materiales de reciclaje y/o naturales, haciendo verdaderas obras de arte por una profesora de un colegio en el concello de Valga (Pontevedra) que era espectacular. Llegué incluso a irme a Hungría 15 días en verano a un curso de otro método de pedagogía musical, el método Kodály, país en el que los asistentes al curso llegamos a celebrar un concierto en la basílica más grande del Estado, en la ciudad e Ezstergom, e incluso cantar a coro por las plazas de Budapest y los ciudadanos húngaros aplaudirnos. De aquella experiencia quedaron en el corazón muy buenos amigos en Murcia, en Ponferrada, en México, donde viven Carlos y Rosario y con los que ahora estoy en contacto gracias a Facebook pero que no nos hemos vuelto a ver desde entonces, aunque el cariño está ahí y sabemos que algún día volveremos a juntarnos.

¿Y todo este rollo por qué? Pues porque este año en mi centro nos hemos metido en dos actividades más: un proyecto de robótica y un pequeño grupo de trabajo para actualizar la página web del centro. Y las cosas han mejorado un poquito, ya que hay mucha estructura y asesores y todo se hace on-line, pero la asistencia presencial para mí es fundamental porque el intercambio de experiencias educativas y de emociones que genera la acción en el aula con el alumnado es la esencia de todo. Y sí, cada 6 años tenemos que justificar 100 horas de formación para cobrar ese suplemento en la nómina, los llamados "sexenios", pero yo seguramente paso de 1000 sin dudarlo, por lo que no voy a la formación por cobrar más, sino porque mi trabajo me hace exigirme mejorar y llevar al aula lo mejor, que de eso se trata. Así que seguiremos en ese camino porque me gusta, porque disfruto la mayoría de las veces y porque, de una manera u otra, repercute en la calidad de la enseñanza... o eso creo ;)



domingo, 17 de enero de 2016

CERRANDO CÍRCULOS

Hay teorías por ahí que dicen que en la vida hay que ir cerrando círculos. Cuando ya media vida tuya ha pasado (ojalá se cumpla la otra media) hay muchos momentos de reflexión personal, dados también por la madurez de los años y de las experiencias vitales. Empiezas un proyecto y lo acabas, quedándote con lo bueno de él aunque haya fracasado y tirando lo malo; etapas más largas como en mi caso la estancia en Holanda, está prácticamente cerrada, aunque me queda algo por hacer: volver a Amsterdam unos días y cerrar, definitivamente; otras etapas se pueden constituir cuando vives en un lugar y te cambias de domicilio, vendes un piso y compras otro en distinta localidad, etc.

Hay otros círculos más amplios en el tiempo, más vitales. Para algunos, la etapa de la adolescencia-juventud parece que se prolonga muchos años; la etapa estudiantil, en la Secundaria, en la universidad; círculos sentimentales, esa novia que te dura 5 años y que luego todo se esfuma; o ese matrimonio que se termina después de x tiempo. Este círculo, en mi caso, no está cerrado y no lo estará nunca porque quedan unos hijos como vínculo, multitud de objetos y recuerdos que acompañarán hasta el final.

Pero si cabe los más importantes son los círculos que creamos en torno a nuestra personalidad, a lo que realmente nos forma como personas y que generalmente tienen que ver con una o varias personas que lo formaron. Yo llevaba con un círculo abierto desde hace 23 años y hoy, casualidades de la vida, empieza a cerrarse en positivo. Tiene que ver con uno de los pueblos donde di clase, allá entre 1993 y 1997, Tapia de Casariego. Allí conocí a muchas personas, compañeros, alumnos, familias, vecinos... Fueron años de risas, de fiestas, de trabajo, pero también de conformación de una manera de ser en la que tuvieron que ver muchas experiencias allí vividas.

Llegué a Tapia el tercer curso de mi carrera laboral y fue mi primer destino definitivo, con 23 años. Un joven Alfonso, con muchas ganas de trabajar como ahora (eso no lo he perdido), se instala en este precioso pueblo de la costa occidental asturiana, el cual por aquel entonces estaba bastante alejado en tiempo y comunicaciones del centro de Asturias, siendo más fácil y rápido llegar por ejemplo a Lugo o A Coruña que al mismo Oviedo. Aquel septiembre recalamos en un colegio una buena hornada de maestros y maestras jóvenes, cada uno con su especialidad, que supuso un revulsivo no solo en la dinámica del centro sino también en la vida rutinaria del pueblo. Un pueblo como Tapia, que vive del turismo veraniego, tenía en estos maestros nuevos clientes para los pisos de alquiler, para sus locales de hostelería, para en definitiva convivir e integrarse en él. Todavía alguno de aquellos maestros sigue allí, en aquel colegio; otros estuvimos unos pocos años porque en realidad para alguien de Asturias era una especie de exilio al estar a 140 km de la capital, haciendo imposible el ir y venir a sus domicilios todos los días. 

Yo pasaba muchos fines de semana en Tapia y no venía a Coruña. Era un lugar tranquilo y se vivía muy bien. La gente nos conocía, nos acogió con cariño acostumbrados a convivir con lo más variopinto del veraneo, así que no era difícil hacer amigos entre las gentes de allí, aunque siempre con la dualidad del que se crió en una ciudad y del que siempre vivió en el pueblo. Tapia es un lugar además muy frecuentado en verano por personas famosas y conocidas, recuerdo que en esa época recibimos la visita en el colegio del mismísimo Ministro de Educación (en aquellas fechas Gustavo Suárez Pertierra, de mi partido, por cierto) porque tenía una importante vinculación con el instituto de la localidad, ya que en su biblioteca él había estudiado hacía ya también unos años sus oposiciones.

En Tapia hice buenos amigos, no sólo entre mis compañeros, sino también entre el alumnado y sus familias. Cuando llegué allí daba Música a todo el colegio, por aquel entonces de 1º de Primaria a 8º de EGB, que aún existía. Tenía alumnos de 5 a 15 años, adolescentes a los que sólo les llevaba 8, podían ser perfectamente mis hermanos. Y como yo siempre tuve el don de conectar con ellos, recuerdo aquellos 8º de EGB con tanta "hormona", que eran la primera vez que tenían clase de Música, enseñándoles a tocar flauta e instrumentos de placa, a bailar o los rudimentos del lenguaje musical. Fue impactante la primera clase de Música que recibieron, con el "We will rock you" de Queen para hacer percusión corporal, sus caras no daban crédito al aporrear el suelo 34 chavales y chavalas con sus pies y dando palmas. Además, si salías un viernes o un sábado a tomarte algo por la noche, allá te los encontrabas en la discoteca o en los "pubs" del puerto y siempre había muy buena relación con ellos. En mayo tres compañeros más y yo nos los llevamos a Mallorca de viaje de estudios y hubo días que volvíamos al hotel a las 3 de la madrugada, contándome los muchachos y las muchachas sus "ligues" y amores y yo convirtiéndome muchas veces en su confidente.

Con dos familias de estos muchachos tuve una relación más estrecha: iba a su casa a tomar un café, algunas veces a cenar o comer y entablamos una relación de amistad muy estrecha. Tanto fue así que estando en Tapia también fue época para mí de una relación sentimental un tanto complicada y posteriormente de la que acabaría siendo mi mujer, aunque ninguna de las dos era de allí. Estos amigos conocieron a ambas parejas y de hecho vinieron a mi boda a Coruña, siendo para mí un honor y un orgullo poder decir que a mi casamiento vinieron alumnos y ex-alumnos míos.

A pesar de lo allí vivido, que fue muy intenso por muchos motivos y porque, como dije, fueron experiencias que iban modelando mi forma de ser y actuar ante la vida y el mundo, con uno de esos amigos tuve un final complicado. Llegamos literalemente a dejarnos de hablar por hechos que vistos en perspectiva no tienen una justificación convincente. No sabría decir con exactitud qué fue lo que provocó ese enfrentamiento, aunque la inmadurez, la inseguridad y sobre todo una mala gestión de determinados hechos y emociones, provocaron que cuando salí de allí de vuelta ya a Galicia, no tuviese una reconciliación ni una charla con una de esas familias y en concreto con ese amigo que significó mucho para mí y yo mucho para él.

¿Y todo este rollo por qué? Pues porque ese círculo quedó abierto, esa herida nunca cicatrizó, pero hoy empieza a hacerlo. Hace unos meses y gracias de nuevo a las redes sociales (a partir de ahora tendré que dedicar el 16 de enero a San Facebook), localicé a ese amigo que ya tiene hoy 37 años. Encontré su perfil por el "post" que hizo otro amigo de aquí sobre un club de remo de la zona, adonde yo lo llevaba muchos días a entrenar. Y entre las fotos del club lo localicé. No voy a mentir que dudé si solicitarle amistad o no, eran casi 20 años sin contacto y nunca sabes cómo puede reaccionar una persona ante un reencuentro con alguien que desapareció de su vida bruscamente y de malas maneras, no lo voy a negar. Malos entendidos, desconfianzas... hicieron que nos distanciáramos y fue doloroso.  Pero no tenía nada que perder. Podía contestarme o no, podía hacerlo bloqueando su perfil para mí o ignorándome, pero no lo hizo y en menos de una hora estábamos hablando por teléfono como si no hubieran pasado 20 años; volvimos automáticamente a conectar, a querer saber el uno del otro y a querer contarnos estos 20 años, que han dado para mucho, para él y para mí. Y lo bonito de esto es que sientes que lo que vivimos allí creó una semilla, un poso, porque él también tuvo siempre la esperanza de encontrarme alguna vez. 

Os puedo asegurar que me emocioné mucho, que sentí que el círculo empezaba a cerrarse y que esa amistad se retomará y es probable que pronto, ya que por su trabajo (casualidades de la vida) viene a Coruña con bastante frecuencia y ya hemos quedado para vernos y charlar, charlar mucho y de muchas cosas. La vida da muchas vueltas y no es una frase hecha, pero yo creo que las cosas cuando ocurren pasan por algo, desde luego el origen y evolución de este blog así lo ha demostrado. Siempre se saca algo positivo ante un hecho, aunque sea el más terrible que te ocurra, aunque la experiencia sea mala. Y desde luego lo que se aprende es que la vida son dos días y que no vale la pena tener conflictos entre tus personas queridas y mucho menos alargarlos en el tiempo. Y todo esto básicamente por una cosa: porque al final tú te sientes mejor y puedes enorgullecerte de ello.

Hoy el día empezó bien, por otros motivos, y terminó mejor porque sé que este reencuentro será muy positivo para mí en muchos aspectos. Os iré contando.





lunes, 26 de octubre de 2015

MUDANZAS (TAL DÍA COMO HOY...)

Siempre que empiezo un post y escribo el título quiero que surja la duda, la sorpresa, el "continúo leyendo". Y no, no me mudo yo... esta vez. Se muda una familiar mía, a Lugo, a su ciudad. Mi prima Elisa, la mayor de todas y todos los primos, se jubiló hace pocos meses y mañana vuelve a casa, casi casi a ver la muralla desde ella. La verdad es que cuando una persona como ella, que yo vi marchar a Francia a estudiar desde la estación de tren de Lugo, llega a esta etapa de la vida, te va haciendo ver que el tiempo pasa, que los mayores algún día no estarán aquí y que el testigo ahora lo tenemos nosotros; en definitiva, maduramos y pasan los años.

Pero el post no va del cambio de casa de mi prima, que aprovechando la mudanza se ha desprendido de algunos que otros muebles y objetos que han parado en la mía muy bien acomodados, sino de todo lo que hay detrás de una mudanza. Yo he vivido varias, bastantes a mi modo de ver, no ya en mis primeros inicios en la profesión en los que cada año estabas destinado en una población distinta (Ciñera, Ponferrada, Tapia), también después cuando empiezas a asentar la vida, incluso dentro de la misma localidad. Un día eché cuentas y he tenido, aparte de la casa donde me crié en A Coruña, mi domicilio ha estado en ¡¡13 viviendas diferentes!!, todo esto en 24 años, "xa lle chega ben". Y aunque no todos los traslados son iguales, ya que unos son más significativos que otros, todos dejan recuerdos en los domicilios y tú te vas cargado de vivencias.

En los primeros años todo se ceñía a unas pocas cajas, un par de bolsas con ropa y se acabó. Cuando ya te ayudan tus amigos con otros coches o acabas contratando un servicio de transporte o propiamente de mudanzas, es cuando ves que tu vida crece y que muchas cosas pueden llegar a ser prescindibles. Recuerdo con especial intensidad dos traslados, cuando marché de Tapia de Casariego a Padrón que, una vez vaciada aquella vivienda de maestro en el centro del pueblo, me apoyé en una pared y me emocioné, llegando a soltar unas lágrimas. Estaba recién casado y mi entonces mujer se acercó a mí, me agarró de un hombro y me dijo un "tranquilo, vamos", con mucho cariño. Fueron muchas cosas las que viví allí en los 4 años que estuve, relaciones personales que acabaron mal con alguna persona, pero buenos momentos con mis compañeros de trabajo y con los alumnos, curiosamente esto ha sido siempre constante en mi vida y puedo estar orgulloso de haber conocido gente que se queda en el corazón en cada uno de los colegios en los que trabajé, alumnos y profesores.

También hubo otros dos traslados que fueron especialmente significativos: cuando dejamos Padrón y vinimos a Coruña (aunque en dos momentos) no se me olvidará nunca la despedida a Carmen en el portal de nuestro piso, Martín con 6 añitos recién hechos y el ramo de flores que le dimos por su cariño con nosotros cuidando a nuestros hijos y a toda la familia; de nuevo lágrimas en los ojos de todos en una oscura tarde lluviosa de diciembre, allá por 2006. El otro traslado fue la vuelta definitiva de Amsterdam, que ya la narré aquí, cuando llegué completamente destrozado emocionalmente para empezar a vivir una nueva vida divorciado y sin domicilio por unos días. Nunca, nunca olvidaré el momento de despegar el avión de Schiphol aquel 29 de junio y aterrizar poco más de dos horas después en Alvedro y abrazar a mis hijos con los ojos más llorosos que nunca. A los pocos días, llegaron los muebles desde Holanda, recogidos un par de semanas antes del recién alquilado domicilio de Paul, un piso que fue poco disfrutado pero que recuerdo con una mezcla de amargura e ilusión por todo el proceso que empezó allí y que quedó truncado. Por cierto, tengo ganas de volver una vez a Amsterdam, para andar por sus calles, recorrer mis lugares, pensar, sentir y hablar con la buena gente que también dejé allí.

¿Qué tienen las mudanzas que son más que mover muebles y cajas? Tienen esa característica de significar el fin de una etapa y el comienzo de otra. Algunas son meros trámites por mejorar en cuanto a precios de alquiler o situación en una ciudad; pero otras son un antes y un después en la vida de las personas. Entrar en un piso nuevo, que has comprado con esfuerzo, amueblarlo a tu gusto, decorarlo con objetos que son tus recuerdos, tu vida... Y verlo crecer, de alguna manera un piso que habitas crece contigo, cambia su fisonomía, si tienes hijos transformas sus habitaciones a medida que también crecen. En fin, reflejan tu vida, tanto personal como emocional.

Y curiosamente tengo debilidad por una de esas 14 viviendas que habité. Las hubo desde muy pequeñitas pero acogedoras, como la de La Vid de Gordón, hasta el piso de Paul en Amsterdam, amplio y con una decoración y disposición exquisita. Sin embargo, el piso de Padrón, el que compramos poco antes de nacer Martín, precisamente tal día como hoy, 26 de octubre (os juro que cuando empecé a escribir el post ni me había dado cuenta) fue "mi piso", donde Martín se crió, donde nació Greta, donde vinieron amigos a dormir, donde hubo comidas de amigos y de familia, cumpleaños, fiestas y algún que otro mal momento de salud. Un piso que vimos crecer, montando la cocina, comprando muebles para cada habitación, diseñando los armarios empotrados, peleándonos con los decoradores por los "stores" del salón. En 2007 lo vendimos, pero posteriormente he soñado muchas veces con él. Supongo que si alguien interpretara esos sueños me diría lo que os acabo de escribir: que ese piso lo sentía nuestro y que nuestra marcha significó algo más que dejarlo y venderlo. No he vuelto a entrar en él, lógicamente, a pesar de que mi familia de Padrón vive al lado y siempre miro para sus ventanas cuando pasamos por delante del edificio. Mucho de mí hay en esa vivienda, tal vez más que en ninguna. No sé si volveré a sentir una vivienda tanto como sentí aquélla, pero desde luego trataré que, a pesar de tanta mudanza, nunca deje de emocionarme cuando vuelva a suceder. (¡Cuántos recuerdos hay en la foto que véis aquí!)


martes, 16 de julio de 2013

HACE 22 AÑOS...

Tal día como hoy, 16 de julio, pero de 1991, fue un día muy importante en mi vida. A las 3 de la tarde y con un calor asfixiante en un aula de la Escuela de Magisterio de Valladolid, me examinaba por primera vez de las oposiciones a maestro por la especialidad de Ed. Musical. Pocos auguraban que pudiese aprobar el temido examen a la primera, pero lo conseguí. Con 21 años ya tenía un trabajo fijo de docente que, si las cosas no cambian en el futuro, continuará hasta mi jubilación.

La alegría entre familiares y amigos fue enorme. Durante los primeros 5 años estuve destinado en tres poblaciones de Castilla y León y Asturias: Ciñera de Gordón, Ponferrada y Tapia de Casariego. Muchos alumnos, ya ahora hombres y mujeres con más de 30 años, pasaron por mis manos, enseñándoles Música y Ciencias Sociales de la extinta EGB. En esos años viví experiencias que me marcaron a nivel personal, la más importante realizar y acabar en 1993 el Camino de Santiago después de 900 kilómetros de recorrido a pie desde Borce (Francia) a Compostela.

También tuve mi primer amor, que duró poco y fue tormentoso, pero allá por 1995 conocí a la persona que cambiaría mi vida para siempre y de la que sigo profundamente enamorado; en 1996 me casé con ella, constituimos una familia y la llevamos adelante. Desde 1997 a 2010, ya en Galicia, pasé por varios colegios y nos establecimos en Padrón, donde nacieron mis hijos. Fueron años muy felices, con nuestros altibajos tanto personales como económicos, la vida misma. Ribeira, Padrón, Catoira y Ordes fueron las localidades donde impartí clase. En Padrón pudimos comprarnos nuestro primer piso y allí conocimos a nuestra segunda familia, con la que nos sentimos queridos y respaldados en las buenas y en las malas. En 2006 nos trasladamos a Coruña y la vida continuó hasta que en 2010 apareció la oportunidad holandesa que dio origen a este blog.

Muchas personas pasaron por nuestras vidas, unas se quedaron para siempre con nosotros y otras no hemos vuelto a saber de ellas. Los que nos quieren siguen estando ahí, especialmente ahora a raíz de lo acontecido hace tres meses. No es fácil resumir en pocas palabras 22 años de tu vida, media vida. Ahora, una nueva etapa comienza para mí, hay dos hijos de los que sentirse orgulloso y por los que hay que continuar haciendo sacrificios para sacarlos adelante. A partir de ahora ya no habrá una posición económica desahogada, pero creo que es importante reconocer que en la vida hay cosas más importantes que lo estrictamente material: el amor, el cariño, que lo vence todo y nos hace personas más felices o por lo menos se intenta. No puedo decir que esté ahora en el culmen de la felicidad porque no es así, pero espero que, por lo menos, pueda pasar otros 22 años de satisfacciones en el trabajo, de alegrías en la familia y de buenos momentos. Sé que, igual que se han ido para siempre personas muy queridas, se irán otros, tal vez incluso nosotros (somos jóvenes y espero que no), pero que habrá una luz que seguir en los momentos duros como el actual.

No me gusta citar nombres de personas que influyen o influyeron en mi vida, han pasado muchas y sería injusto citar solo a unas pocas. Yo sé que muchas de ellas están ahí en estos momentos de inestabilidad emocional, así que hoy este pequeño recordatorio de amistad y afecto va para vosotros: en Ciñera, en Ponferrada, en Tapia, en Padrón, en Catoira, en Ordes, en Holanda y en otros lugares de España sé que hay mucha gente en estos momentos pendiente de mí y de mi evolución. Espero salir adelante, disfrutar de vuestra amistad y de vuestro cariño, hospitalidad y comprensión. Lo intentaré y, como todo sacrificio, espero tener una recompensa, no económica ni mucho menos, sino personal y emocional que me haga ser, todavía, mejor persona de lo que creo ya soy, con mis defectos y mis virtudes que muchos de vosotros habéis aguantado durante todos estos años. Desde aquí, un abrazo a todos.